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Las memorias de Concha Méndez

16/07/2008

Después de varios meses de búsqueda, he conseguido sacar en préstamo de la Biblioteca de la Facultad de Filología de Sevilla un ejemplar del libro Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas, “armado” por Paloma Ulacia Altolaguirre, nieta de la poeta, a partir de las cintas en la que esta grabó sus recuerdos.

No me ha defraudado su lectura, todo lo contrario, pero me ha sabido a poco; la apasionante y larga vida de Concha Méndez (1898-1986) se concentra en tan solo ciento cincuenta páginas que recogen su infancia y adolescencia de niña bien en Madrid, sus veraneos en la elegante San Sebastián, su juventud rebelde junto a Maruja Mallo, sus viajes, su dedicación a la poesía, su matrimonio con Manuel Altolaguirre, su trabajo como impresora y su vida como exiliada en Cuba y México. Es un testimonio imprescindible para conocer la época en que vivió, sobre todo los años veinte y treinta del siglo pasado en los que Concha se codeó con las principales figuras de la Generación del 27 y de su entorno: Buñuel, García Lorca, Alberti, Cernuda, Miguel Hernández, Maruja Mallo, María Zambrano, Juan Ramón Jiménez… Tan imprescindible es que, cuando por fin lo he tenido en mis manos, había muchos fragmentos que ya conocía, pues han sido utilizados por biógrafos de algunos de los personajes que la acompañaron en su trayectoria vital para poder reconstruir las vidas de éstos.

Del grupo de las llamadas “modernas de Madrid” Concha Méndez fue una de las que verdaderamente mereció este título, pues si bien la mayoría de las mujeres que pertenecían al Lyceum Club eran casadas que dedicaban parte de su tiempo a sus aficiones culturales o mujeres brillantes que, como María Lejárraga, quedaron eclipsadas por la larga sombra de sus maridos, Concha fue una mujer verdaderamente independiente, que se atrevió a viajar sola, haciendo realidad el sueño que la perseguía desde su infancia (“Viajar era viajar, pero era también librarme de mi medio ambiente, que no me dejaba crear un mundo propio, propicio para la poesía”), y a buscar trabajo en distintos países (en primer lugar en Inglaterra, más tarde en Argentina), llegando a plantearse, incluso, emigrar a Guinea para colonizar un terreno que le fue concedido por el Gobierno de la República. Ya casada, lejos de encerrarse en la vida del hogar, continúa trabajando codo con codo con Altolaguirre, tanto en las tareas de la imprenta (cuenta que, debido a su fortaleza física, era ella la que la manejaba vestida con un mono de trabajo) como, posteriormente, en Cuba, vendiendo los libros que editaban casa por casa.

El libro tiene la frescura de lo narrado y la elegancia de la persona que no se recrea en el chisme ni en la maledicencia, sino que quiere dar un sincero testimonio de quien fue. Junto a su enorme humanidad, Concha transmite en sus memorias su vocación irrenunciable por la poesía, ya que, pese a que su obra ha sido oscurecida por la grandeza de otras figuras de su generación, como bien recalca el profesor James Valender en el prólogo a su antología poética, “en sus mejores momentos, Concha Méndez nos ha dejado poemas excelentes que pueden atraer a cualquier lector, tanto por la imagen de vida que ofrecen como por la gracia con que esa imagen ha sido plasmada”.

Desgraciadamente, este documento excepcional es hoy día inencontrable, pues por su agilidad e interés merece ser conocido. De hecho, creo que sería una lectura interesantísima para recomendar a alumnas y a alumnos de últimos cursos de Secundaria y Bachillerato, que se aproximarían con él, de una manera diferente, a una época fundamental en la historia y la cultura españolas.

Ulacia Altolaguirre P.: Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas. Madrid: Mondadori, 1990..
Méndez, Concha: Poemas (1926-1986) (introducción y selección de James Valender), Madrid, Hiperión, 1995.

Concha Méndez en la Web

  • En la revista El maquinista de la generación, ahora mismo inaccesible, encontré una entrañable evocación de Concha Méndez escrita por su hija Paloma. Dejo el enlace por si se puede acceder a ella en un futuro y el único fragmento que copié de la misma:

Pero a pesar de los duros golpes recibidos, creo que la actitud de mi madre fue casi siempre positiva. Nunca se dejó amargar de manera definitiva. Siempre creía en su propia capacidad de sobreponerse a los reveses y siempre buscaba comunicar esta misma vitalidad a los demás. Lo mismo en México que en Cuba. Recuerdo cómo en México, en el Edificio Ermita, cada Navidad nos reuníamos con unos cuantos vecinos; mi madre preparaba algo de comer; luego sacaba su pandereta y podíamos seguir así hasta que amanecía. Era una persona muy alegre.
Paloma Altolaguirre Méndez Sobre la estancia de Cóncha Méndez en Cuba.

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2 comentarios leave one →
  1. 10/01/2009 11:38

    Yo me identifico con éste poema de Concha Méndez ella murió en año que yo nací me duele bastante así que aquí dejo y trozo de párrafo bs ha todos

  2. 10/01/2009 11:39

    LA RISA

    Alguien dijo que «la risa
    es la gran enterradora».
    Algo se me está enterrando
    porque río a todas horas.

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