
Hay veces que no se escribe por falta de inspiración, y otras que me encantaría tener tiempo para sentarme porque tengo alguna idea que me gustaría desarrollar con cierta extensión, consultando los enlaces que tengo almacenados al respecto y redactándola con tranquilidad. Para el día de la mujer tenía pensadas varias cosas y, sin embargo, las evaluaciones, la preparación de las clases (que se ha complicado al poder empezar a utilizar los nuevos portátiles) y cierta reunión de coordinadores del plan LIJ, que bien merecería una entrada para ver si así me libro de la bilis que acumulé durante las tres horas que duró, me impidieron hacer lo que me hubiese gustado. Tenía una solución de repuesto, pero era una solución alegre y festiva que no me sentí con ánimo de abordar en unos días tan tristes como fueron el 7 y el 8 de marzo. La dejo en el tintero y aprovecho un ratito que tengo para colgar una cartel que elaboré hace tiempo dándole vueltas al meme que lanzó Mari Guerrero en el mes de junio (esto sí que es un meme con retraso) y que a mí me llegó a través de Iguales en las tres mil. La pregunta era si avanzábamos realmente, si progresábamos, pero el planteamiento hacía pensar que se refería fundamentalmente a la situación de las mujeres. Yo creo que es evidente que sí, que las mujeres hemos ganado mucho terreno, aunque es más la apariencia que la realidad: es cierto que hay mujeres ministras, ejecutivas, presidentas, magistradas del Supremo y rectoras; otras muchas, sin llegar a ocupar esos puestos descollantes, hemos conseguido la independencia económica e incluso disfrutamos realizando nuestras profesiones; pero las labores tradicionalmente femeninas siguen siendo desempeñadas por otras mujeres que, en nuestro país o en países lejanos, cuidan a nuestros niños, cosen nuestras ropas, friegan nuestros suelos y atienden a nuestros ancianos. Entre todos los trabajadores son las peor pagadas, las que sufren mayor precariedad en el empleo y las que tienen menos derechos laborales.
Hace un par de años fui jurado de un singular concurso literario. Gracias a la iniciativa de Ángel, un ATS, se creó en el hospital El Tomillar de Sevilla un programa de atención al cuidador. Para quien no lo conozca diré que El Tomillar es un hospital pequeño, que atiende población de la zona sur de la provincia de Sevilla y que recibe pacientes con enfermedades crónicas, generalmente ancianos. Dentro del programa, en el que se ofrecía formación y apoyo psicológico a los familiares (padres, hermanos, hijos, sobrinos de enfermos), se incluyó un concurso de relatos en el que se les animaba a expresaban sus vivencias. Hasta ahora he utilizado el masculino genérico, pero, evidentemente, debería haber utilizado el femenino. Salvo raras excepciones eran madres, hijas, hermanas y sobrinas las que narraban sus experiencias como cuidadoras, a veces durísimas, muchas tiernas y cariñosas, otras desesperadas o simplemente resignadas. Los relatos fueron publicados en un libro cuya lectura, pese a que algunas de sus autoras escribían con grandes dificultades, no pueden dejar indiferente. Entonces fue mi intención publicar aquí algunos de ellos, tal vez lo haga algún día.
Esta entrada va dedicada a todas esas mujeres, a las que están detrás de las que triunfan y a las ven cómo se les escapa la vida cuidando de sus seres queridos. Para que no las olvidemos, para que se mejoren sus condiciones laborales, para que aumenten sus salarios, para que la ley de dependencia pase a ser una realidad, para que estas tareas, que son imprescindibles, pasen a tener la valoración y el reconocimiento que merecen. Porque entonces, y sólo entonces, dejarán de ser exclusivamente femeninas.
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